Sobre la oscuridad.
En Santiago no existe la oscuridad. Los góticos pierden su tiempo. ¿Te has parado alguna vez bajo el cielo nublado de invierno en donde ni siquiera puedes ver tus manos? A veces lo hago, es raro, me siento como el protagonista de una obra del teatro de lo absurdo. En Santiago hay muchas luces, las luces son bonitas pero perturbadoras. Miro por la ventana y veo luces, y no vacas ni caballos, ni naranjas ni sandías. En Santiago cierro los ojos y veo luces, de ambulancias y de aviones, de calles y de autos. ¿Quién puede ser normal en estas condiciones? Varias veces he visto el sol salir, una vez a lado de una vaca, mientras Calostro comía salchichas quemadas. En el último año nuevo estaba con varios de mis amigos sentados en una banca con unos globos en las manos, las zapatillas negras de tanto bailar rancheras, los ojos rojos y la espalda adolorida de tanto abrazo. Hubo un minuto de silencio cuando vimos el sol salir. Recuerdo ese día porque no dormí hasta la noche del día siguiente. Mientras caminaba a mi casa me di cuenta que todo estaba oscuro, estaba sólo, en un árbol cantaba un pájaro, a lo lejos un tornado, abro la puerta de mi casa y aparecieron las vacas y los caballos, y las naranjas y las sandías. Ya no estaba solo. Extraño aquella oscuridad.
En Santiago no existe la oscuridad. Los góticos pierden su tiempo. ¿Te has parado alguna vez bajo el cielo nublado de invierno en donde ni siquiera puedes ver tus manos? A veces lo hago, es raro, me siento como el protagonista de una obra del teatro de lo absurdo. En Santiago hay muchas luces, las luces son bonitas pero perturbadoras. Miro por la ventana y veo luces, y no vacas ni caballos, ni naranjas ni sandías. En Santiago cierro los ojos y veo luces, de ambulancias y de aviones, de calles y de autos. ¿Quién puede ser normal en estas condiciones? Varias veces he visto el sol salir, una vez a lado de una vaca, mientras Calostro comía salchichas quemadas. En el último año nuevo estaba con varios de mis amigos sentados en una banca con unos globos en las manos, las zapatillas negras de tanto bailar rancheras, los ojos rojos y la espalda adolorida de tanto abrazo. Hubo un minuto de silencio cuando vimos el sol salir. Recuerdo ese día porque no dormí hasta la noche del día siguiente. Mientras caminaba a mi casa me di cuenta que todo estaba oscuro, estaba sólo, en un árbol cantaba un pájaro, a lo lejos un tornado, abro la puerta de mi casa y aparecieron las vacas y los caballos, y las naranjas y las sandías. Ya no estaba solo. Extraño aquella oscuridad.



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